Un día y trescientos kilómetros separan la linea cruzada en tan solo unos minutos y escasos metros cuadrados. Haciendo gala de la paciencia con la que predica, el cerebro se mantiene sereno y firme, mientras que las vísceras laten desordenadas augurando una desconocida penitencia, un castigo a una vida de pecados que promete no quedarán impunes.
El paraiso se pierde de vista tras enormes piedras que bloquean su paso, siempre hay cabida para alguna mas y, aún sabiendo que caeran lentamente, agarro mi pequeña maceta y un cortafríos para darles forma a mi antojo, sin perder el tiempo en intentar eliminarlas del recorrido, únicamente cambiando la percepción para que su carga no sea tan incómoda. Esta vez la compañía no podría ser más acertada y la mano de obra se multiplica haciendo menos pesado el esfuerzo.
Esperanza y optimismo ocuparán los asientos posteriores, espero que a la vuelta...justicia nos acompañe.
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