Obviando hipocresía e injusticia el objetivo esta vez no goza de rostro, el medio en sí contemplara atenta su rectitud furiana, nada quedara indiferente tras su devastadora pisada.
Tras acopiar una vez más los envites que el trayecto le procura, el guerrero se levanta a pecho descubierto, malherido pero con la cabeza erguida y la mirada clavada en un punto estratégicamente seleccionado. Su imperecedera alma cicatrizada lanza improperios que hacen tambalear de igual modo firmamento y tártaro.
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